dilluns, 23 de novembre de 2009

los dias vencidos.


Antes de la revolución

TOÑO VEGA

Tomo prestado de esa película de Bertolucci el título de estos días. Al menos en el llamado primer mundo, ya no hay grandes posibilidades de grandes revoluciones. Eso es lo primero que aprendimos en la gran escuela del desencanto. Hoy, una revolución no es tomar el Palacio de Invierno, sino ocupar el carril bici. Una revolución no es apostar por los pueblos sometidos como el Sáhara Occidental, sino hacer la vida imposible a sus líderes. Abandonada la posibilidad de ningún tipo de revolución, nos queda, eso sí, el recurso de la protesta. Y la protesta ya no es de los débiles contra los fuertes. La protesta ya forma parte de la sintaxis de la sociedad. Vale tanto manifestarse a favor del aborto como en contra. Se moviliza tanta gente –o tan poca– a favor de los corruptos como en contra de la corrupción. Pero esta semana entramos en esos días previos a la demostración del malestar. Porque esta semana o tal vez la siguiente se conocerá la sentencia del Constitucional sobre el Estatut y entonces aumentará el desánimo, el escepticismo y la sensación de un engaño político sin parangón. Lo del Estatut no va a afectar a las conciencias de una inmensa mayoría de catalanes. Ya se vio la participación en el día del referendo. No se podrá hablar de una situación insurreccional. Pero serán muchos los que a partir de ahora van a considerar que la democracia es un mito administrado por una jerarquía religiosa que tiene a la España uniforme como único dogma y a unos individuos que en el colmo del cinismo todavía se permiten hacerse los ofendidos cuando se afirma que su criterio está subordinado a las opiniones del estamento político y mediático de Madrid. Ante la evidencia de la paranoia española respecto a la posibilidad de construir una España más moderna y plural, cabe preguntarse qué queda de este país que poco a poco va cayendo a los últimos lugares de la recuperación económica. ¿Qué diríamos de un país que no tiene poder de decisión en política exterior, cuyo Gobierno no sabe qué hacer con el dinero y donde la justicia nos ofrece cada día un espectáculo lleno de contradicciones que nos llevarían a la risa si no fuera porque los justiciables, víctimas o culpables, creen –como en la Divina Comedia– que es mejor «dejar toda esperanza los que entran allí»? Hace tiempo, una pegatina de coche decía en un supuesto andaluz: «¿Ser español? ¡Cazi ná!» Lo que antes era exclamativo y aumentativo, hoy es una pura descripción: ser español es casi nada. Lo comprobarán en estos días antes de la revolución aquellos que, sin ser nacionalistas ni independentistas, van a ver cómo un tribunal se ha pasado por el forro los trabajos de comisiones parlamentarias, los debates en el Parlament, los dictámenes del Consell Consultiu, la participación popular y el refrendo del Congreso. Donde hay magistrado no manda el pueblo. Y en medio de esa decepción, una extraña operación Pretoria, todavía no explicada del todo, en la que se mantiene el encarcelamiento de los unos y los otros, como si fuera una advertencia a los dos grandes partidos catalanes para que no hagan más ruido del que conviene. En Soto del Real es posible que haya delincuentes. Pero eso ya se verá. Lo importante es que hoy son simples rehenes. No habrá revolución. Estén tranquilos. Lo único que habrá es una decepción enorme ante la incapacidad de esa España oficial que es incapaz de pensar por sí misma. Prefiero el orgullo suicida de la decadencia a tener que ofrecer alternativas como quien pide limosna.


joan barril