dilluns, 13 de juny de 2011

la ignorancia de los indignados



Ha habido reacciones para todos los gustos ante las movilizaciones del 15-M. Pero en casi todas ellas, incluso entre los simpatizantes, era común una parecida actitud: la suficiencia. Comentaristas resabiados no han dudado en echarse unas condescendientes risas a cuenta de la ingenuidad o la ignorancia de los que en las plazas españolas se reunían a discutir sobre cuestiones políticas. Lo mismo que en la radio hacen muchos de ellos cada mañana. A no pocos les llevo yo inventariada una lista de predicciones erradas, no ya de resultados electorales, sino de premios Nobel de Biología, final del terrorismo o fechas de salida de la crisis. Resultaría interesante llevarles la cuenta y publicarla al final del año. En condiciones normales de decencia, deberían retirarse de la profesión y esconderse por las esquinas no sea que la ciudadanía los reconozca. Sin ir más lejos, en los últimos meses, a propósito de Fukushima, Egipto o Bin Laden, hemos visto sostener una opinión y la contraria en apenas 24 horas. Las dos opiniones, naturalmente, con la misma rotundidad. Con ese historial y ese aplomo han despachado las opiniones de quienes han levantado la voz sin otra plataforma que la pública deliberación de sus problemas.


No vale contraponer sin más la opinión de las gentes a la competencia intelectual de los informados. No ya porque los opinadores de nómina pocas veces acuden a los expertos para formar sus juicios, sino porque a los expertos también hay que tomárselos en dosis homeopáticas cuando pasan de las musas al teatro y se sueltan a opinar sobre el día a día. Hace pocos años, en un justamente famoso estudio, Phillip Tetlock invitó a cerca de 300 investigadores a realizar predicciones acerca de asuntos económicos y políticos, muchos de su negociado. Al final disponía de 82.361 asignaciones de probabilidad sobre hipotéticos acontecimientos futuros. El resultado, cumplidos los plazos, para cortarse las venas: no mejoraban al simple azar. Vamos, los mismos que un mono borracho apretando botones. Así que, modestia. Que aquí andamos todos a tientas.


El problema no es de la ciencia. Para mostrar que los resultados son menos seguros de lo que se cuenta no hay otro camino que más y mejores resultados. Cuando David H. Freedman, reputado estadístico, defendía en un artículo citado en mil lugares la investigación cualitativa, el trabajo del investigador sobre el terreno, que conoce en directo las cosas, apelaba a argumentos atendibles por los estadísticos, a las limitaciones de los modelos de regresión para abordar muchos asuntos sociales. No dudaba de la ciencia, sino de los científicos. Las teorías no se debilitan por las tonterías de quienes las invocan. Mientras la teoría de la evolución parece razonablemente firme, las aplicaciones sin cuento para explicar cualquier cosa, desde un atentado terrorista hasta los trastornos de DSK, son simple novelería. Día sí y otro también lo que no pasan de ser -y en ocasiones no pueden dejar de ser- conjeturas más o menos ingeniosas se empaquetan en libros de divulgación y se facturan editorialmente como ciencia fetén. Desde luego, mejor eso que Paulo Coelho. Pero el lector ha de saber que no se enfrenta a las leyes de la termodinámica.

A veces, alguien se entretiene en mostrar que aquello es un fraude, como para su infortunio le sucedió hace un año a Marc Hauser, psicólogo evolucionista en Harvard, cuyas investigaciones mostraron tener más trucos que el cinturón de Batman. Pero eso, que te saquen los colores, pasa pocas veces. No porque falten tramposos o equivocados, sino porque resulta fatigoso y poco agradecido emplearse en tales menesteres, entre otras razones porque nadie dedica tiempo y recursos a desmenuzar las entretelas de las investigaciones ajenas, por ejemplo, en reproducir experimentos que llevan años. El coste de oportunidad de tales empeños es un congo. Los dineros acuden al que hace promesas, no al que se dedica a derribar las ajenas. No poca de la ciencia que nos asombra a diario en los periódicos se nutre del material de los sueños. Recuérdenlo la próxima vez que lean esa coletilla "estos resultados constituyen una promesa para". Pero, claro, sin la promesa, que no hay manera de emplazar en fecha y términos precisos, no hay dinero.


En Inside job, la película sobre la crisis financiera, por debajo de las trampas retóricas, que no faltan, asoma una descripción moral de los economistas que, entre otras cosas, invita a la reflexión acerca de los sistemas de incentivos de la profesión. Y de sus códigos deontológicos. Quizá sea cosa de poner en el frontispicio de las Facultades de Economía la sabia recomendación de Keynes: "Los economistas deberían ser como los dentistas, unos profesionales que se preocupan de hacer bien las cosas, con eficacia y humildad". Por supuesto, ejemplos de buen hacer no faltan. Sin ir más lejos, en los días que siguieron a la ocupación de las plazas, en el interesante blog de economía Nada es Gratis, Luis Garicano, profesor de la London School of Economics, inició un franco debate con algunos "indignados". Escuchaba y era escuchado. Es cierto que en esas mismas páginas, alguna vez, aparecen tonos ensoberbecidos y da la impresión de que, al avanzar por las líneas de menor resistencia política, se evitan algunos problemas de nuestra economía de esos que "hieren sensibilidades", pero, con todo, el ejemplo, que no es único, debería cundir.


Las dudas no se limitan a las disciplinas inseguras. En un libro recientemente traducido al español, Equivocados, David H. Freedman hace un exhaustivo repaso de los fallos, descuidos y deshonestidades en distintos campos de la investigación. Aunque por allí concurren todos los gremios, a quien más le luce el pelo es a los investigadores médicos. Ante la proliferación, bien documentada, de promesas falsas, resultados endebles, tesis contradictorias, mediciones irrelevantes y estadísticas frágiles, la primera tentación es enfilar hacia el desierto. De hecho, en ese ámbito hay especialistas en evaluar especialistas, en reconocer patrones regulares en los errores. También hay conjeturas para entender las patologías. Casi todas ellas mencionan -además de unos recurrentes sesgos cognitivos, comunes a todos los mortales: no atender a la información que no encaja con las propias opiniones, desechar datos inconvenientes, falta de coraje para discrepar y a apuntarse a la corriente- otras cosas bastante peores, como el interés mezquino y la corrupción, que hay mucho dinero en juego. Sencillamente, pese a los clásicos, la sabiduría no es la santidad. Al menos la sabiduría de los investigadores.


Por supuesto, tampoco la Puerta del Sol era la Academia de Platón. Ante todo, había una queja, una defensa de intereses normalmente desatendidos, entre ellos los de unos jóvenes condenados a miserables salarios, largos periodos de desempleo y a desperdiciar sus talentos. Pero también había ganas de discutir y de entender, de hacer propuestas. No está mal. De la discusión, entrenada, surgen las ideas: Merton nos enseñó que, en su mejor versión, las comunidades científicas eran comunismo cognitivo, afán universalista, escepticismo ponderado y desinterés. Y trabajar sobre la herencia recibida de otros que hicieron lo mismo. Algo de eso compareció estos días. Por supuesto, no cabe esperar que las soluciones a los retos de todos surjan de una asamblea. Una discusión democrática, por más pulcra que sea, no va a resolver los complicados problemas de diseño de las instituciones políticas y económicas que ocupan a los investigadores. De todos modos, hasta donde se me alcanza, tampoco hay doctores por el MIT entre los empresarios y banqueros que periódicamente cenan con el presidente del Gobierno para hacerles llegar sus preocupaciones, sin que necesiten levantar la voz. Y no les ponen un examen al entrar.

Félix Ovejero Lucas es profesor de Economía de la Universidad de Barcelona.

via .elpais.
OPINIÓN.
A diario tenemos a un sin fin de personas hablando de los mercados financieros o de lo que haga falta, dando su opinión sobre qué está pasando, qué se debe hacer y, especialmente, qué mal lo están haciendo los gobiernos.

Somos consumidores de comentaristas ofreciéndonos sus opiniones sobre lo que está pasando, por qué está pasando y quién tiene la culpa de todo ello. En España especialmente abundan las tertulias en radio y en televisión, y parece que se ven las mismas caras repetidas veces y veces.
El problema es que estos comentaristas, la gran mayoría, son periodistas que, puede que sean muy listos, pero muchos de ellos de economía y de los mercados financieros saben muy poco.
Los más graciosos son los que empiezan sus comentarios diciendo, “yo no se nada de estos temas, pero…..” y luego nos lanzan su análisis y sus prescripciones con una confianza que impresiona. ¿Cuántas veces habéis oído eso?
Muchas veces, demasiadas, confirman su introducción de que no saben mucho de estos temas, con las tonterías que siguen.
Los más sofisticados te dicen, “yo no se nada de estos temas, pero si se leer…..” y luego nos lanzan su análisis y sus conclusiones. Puede que sepan leer, pero normalmente están leyendo otros de sus compañeros que saben igual o menos que ellos.
En estos momentos de incertidumbre y de dificultad yo modestamente diría que cuidado con los pseudo expertos y sus análisis, porqué ni los economistas están a salvo de estas críticas, si nos vienen con opiniones políticas por delante.

6 comentaris:

Miquel ha dit...

Comulgo con la frase " ni los economistas están a salvo de estas críticas, si nos vienen con opiniones políticas por delante."

Josep ha dit...

La frase no es mia, un dia la lei. Pero no me negarás que esto es lo que hacen los expertos tertulianos. Son genios de cualquier cosa. Los otros no.
Una abrabraça.

Eastriver ha dit...

Josep, no, no aciertan y luego se permiten el lujo de juzgar con suficiencia a los demás. Una abraçada admirada, que sempre és tan especial llegir-te...

Verónica Marsá ha dit...

Tal vez deberíamos atacar por ahí, ese lugar que escuece... y hacer como en Islandia, llevar al banquillo de los acusados a quienes han llevado este país a tal deterioro. Señor ministro de economía, hable.

Un abrazo. Las noticias contradictorias me sacan de mis casillas, menos mal que algunos todavía tenemos una neurona de criterio.

Assur ha dit...

Quan van donar, entremig d'una tertúlia a la ràdio, la primícia que havien concedit el Premi Nobel de Litertura a Günter Grass, un dels tertulians, immediatament, abans que ningú li agafés la paraula, va dir que se n'alegrava pel fet de tractar-se, el premiat, d'una de les figures més destacades de la literatura alemanya actual, un autor del qual en destacà les novel·les “Les opinions d'un pallasso” i “Retrat de grup amb senyora”, perquè l'havien impactat sobremanera, i que si tomba i que si gira...

Tot molt correcte i, sobretot, molt erudit... Llàstima, però, que aquestes dues novel·les van ser escrites per Heinrich Böll, que tot i que també alemany i també Premi Nobel, feia bastants anys que havia mort. Ho he consultat a la Wikipedia, i en feia disset, ja que a Günter Grass li van donar el Nobel l'any 1999, i Heinrich Böll va morir el 1982.

Una relliscada la pot tenir qualsevol, d'acord, però no vaig sentir que aquest tertulià, habitual en aquell programa radiofònic i a qui de ben segur algú li va fer adonar després que s'havia ficat de peus a la galleda, rectifiqués i digués, simplement, que s'havia confós... Però no; no vaig sentir que ho fes ni al següent, ni al següent del següent, ni al següent del següent del següent... programa en els que va continuar intervenint, i això no solament em va semblar una falta de respecte envers els oients, sinó que va ser a partir d'aquell dia que vaig ser conscient que tots aquests tertulians que parlen del tema que sigui amb tanta seguretat, a vegades, d'aquesta seguretat, se n'hauria de dir “barra”.

Camino a Gaia ha dit...

Vivimos en la era de la especulación con ánimo de lucro o de notoriedad.
Si tuviésemos que deducir cómo va el país a partir de lo que vemos en televisión, nos daría para una segunda parte de Alicia en el país de las maravillas.